
Parecía una niña, ella cantaba y reía, soñaba y lloraba. Ella se iba, venía y sólo dos veces él pudo encontrarla. Era la Mística y su violín, señora de sueños lejanos y mundos antiguos, hermana del llanto y la alegría. Sus ojos eran grandes y profundos, en el fondo guardaban una tristeza añejada y desesperación por vivir. Su vida era un misterio y su mundo era una historía abstracta que no tenía fin. Su pierna estaba sujeta en cadenas de plata que a veces llagaban su piel, aun así luchaba siempre por verse contenta en su mundo, aunque fuese imposible, aun así lo lograba y reía imaginando su complicado porvenir.
El guerrero Guardián era el simbolo de la lealtad de otros tiempos, era un soldado, un mercenario y viajero que siembre buscaba un motivo para vivir. Nacido de un sueño visionario, sobrevivió a las guerras de Luna Blanca. Viajaba entre ideales y nuevos retos hasta que por vez primera la encontró.
Así fue como se conocieron, cada uno en otro lado del muro de una habitación. Al poco tiempo el viejo guardián juró protegerla. Luchó por ella más no pudo jamás sus cadenas romper y esas mismas cadenas un día la hicieron desaparecer. Y sin saber más dónde un día en un sueño la encontró pero no pudo acercarse. La Mística tocaba su violín y cantaba llorando...
Finalmente despertó, ella desapareció. El Guardián la sigue buscando pero aun para él es difícil regresar a un sueño después de despertar. Hoy no sabe si vive o murió, si llora, canta o sueña, pero él siempre la conserva y la llora en su viajar.
