Sonríe, nada más importa, sonríe que la vida puede ser muy corta. Sonríe, dejame besarte, sonríe y no te preocupes yo siempre voy a adorarte.
Sonríe y dejame abrazarte que aquí donde descansamos el tiempo no podrá ni puede alcanzarte.
Un millón de letras sin nombre
Mírame a los ojos y dime que no siento nada por ti. Mírame bien, mírame por favor.
Mírame observarte y dime que no siento nada por ti.
Mírame porque tal vez no tiene sentido escucharme o leerme.
Mira que los ojos no pueden nunca mentir.
Mírame a los ojos, te reto y dime que no siento nada por ti.
El día que la princesa llegó a Lunablanca fue recibida con un festejo como pocas veces se había visto en esa tierra. Fue escoltada por el general que la acompañó desde la otra luna para conocer el país vecino que tanto la apreciaba.
La princesa era muy hermosa y en su belleza destacaban sus ojos, que brillaban en tonos ocres como una fina y brillante madera, su piel era blanca, similar al reflejo de la luna, su cabello brillaba como alimentado por el sol y tenía una sonrisa enmarcada en unos tersos labios rosados.
En cuanto cruzó las fronteras su cabello comenzó a obscurecerse, al principio no le prestó atención pero al cabo de unos minutos empezó a sentirse débil, por lo que tuvo que interrumpirse el paseo y fue llevada a palacio. Ya en una de las torres más altas el general y ella se quedaron a solas sentados en un hermoso sofá de terciopelo purpura. Ella comenzaba a empeorar, su piel parecía quemarse, fue ahí cuando ella se desmayó. El general pidió ayuda a algunos sueños que quizá podrían ayudarla pero ninguno pudo hacer nada. El rostro de la princesa comenzaba a deformarse, su piel a obscurecerse, sus cabellos caían poco a poco y de un instante a otro su cuerpo empezó a cambiar. Primero sus piernas se encogieron, torciéndose y estrechándose como las raíces de un árbol, el general entre asombrado y confundido decidió abrazar a la princesa, le pidió a los sueños que se retiraran. Ya entre sus brazos sintió como el cuerpo de la princesa se hinchaba y se deformaba, sus muñecas se encogían y se torcían como una deforme y marchita rama, al igual que sus manos que lentamente iban dejando caer los anillos que adornaban sus dedos.
La princesa abrió los ojos, ya no eran aquellos luceros preciosos, ahora eran más bien como escarabajos opacos cubiertos con una expresión de paranoia y miedo. El general la tomó y la recostó suavemente en la cama, se levantó y se asomó por la ventana de la torre, volvió la mirada a la princesa y le sonrió. Fue por ella, la cargó y la acercó para que pudiera ver lo que él veía. Entonces le dijo. Te das cuenta princesa, ahora te has convertido en un monstruo, sin embargo, mira, mira como siguen brillando los muros, mira como destella aún en el cielo tu luna, mira como vienen a verte las estrellas, mira, que si las cosas siguen siendo hermosas es porque te llevo en lo profundo del corazón, y aunque ahora seas deforme y maltrecha seguirás pagando la condena que hace cada día crecer un poco más el cariño infinito que siento por ti.
El general besó a la princesa, ella cerró los ojos y al abrirlos volvía a ver destellar su cabello, había recuperado su figura, su fuerza, su magia. Entre su alegría no se percató que ahora parecía estar sola en aquella habitación, cuando por fin se dio cuenta y buscó con la mirada al general, pero sólo encontró un bulto tirado en el suelo junto a la ventana y detrás una sombra que como un suspiro en el viento le dijo. Yo soy el inquisidor.