Estoy sentado en la misma banca, junto a la misma ventana, entre la misma gente. Hoy al menos no hace calor, aunque tampoco frío, como quisiera que hiciera frío... pero no, es sólo un inicio de tarde nublada. Escribo porque bueno, porque en verdad necesito escribir de vez en cuando y escribo porque el hartazgo de los últimos días ha sobrepasado la tolerancia que generalmente destino a dicho sentimiento.
Sí, esto pasa a menudo, pasa después de decterminado tiempo y de igual forma se va. Es como recordar que vivo encarcelado aunque en lugar de barrotes tengo esta ventana y otras que se le parecen. Muchas veces me he cuestionado el por qué llegué aquí. Muchas veces me he respondido también y supongo que esta no deberá ser la excepción, realmente no sé ni porque me quejo, si detesto quejarme casi tanto como el hartazgo que se siente hoy.
Recuerdo la última vez que me senté en esta banca, junto a esta, la ventana de siempre, la tenía algo olvidada y es que han pasado tantas cosas. Tantas que quisiera relatar y no puedo, otras que no entiendo, unas más que me sorprenden y otras más que ni siquiera estoy seguro de que hayan sucedido. Eso es lo único que me da fuerza para seguir caminando en este espiral de hartazgo, rutinas, pesadillas y sueños. A veces la vida sorprende. A veces incomoda y otras más, como hoy, quisiera simplemente no existir. Estar en algún lugar sagrado, lejos del mundo que conozcopo y lejos de todo esto que me recuerda un encierro parcial dominado por fuerzas que entiendo pero no logro superar.
Entre más avanza esta tarde más me doy cuenta de lo delicado que soy. Realmente no me pasa nada, la vida no es más que una belleza y estoy conciente de ello, entonces no entiendo por qué este descontento, por qué esta inconformidad. ¿Será acaso una necesidad prolongada de tener un némesis o algún sentimiento que enfrentar, algo que cargar quizá o simplemente un vacío momento para reflexionar? No lo sé, realmente no lo sé y hoy no tengo ganas de averiguarlo.